Es perfectamente conocido que las operaciones mineras alteran y modifican el entorno donde se realizan. A nivel primario y dentro de los efectos que se pueden generar, están los que afectan al medio ambiente:

  • Consecuencias negativas sobre la biodiversidad

  • Impacto sobre fuentes de agua

  • Infiltraciones al subsuelo

  • Ruido y vibraciones

  • Emisión de partículas que afectan la calidad del aire

En adición, una minería mal administrada puede llegar a tener incidencia en las comunidades cercanas a los lugares de explotación, causando problemáticas entre las que se encuentran:

  • Cambios en la dinámica social de las poblaciones

  • Migraciones

  • Aumento de la accidentalidad

  • Conflictos comunitarios

  • Daños a la infraestructura pública

Ante este panorama surge entonces la pregunta: ¿es posible ejercer una minería que sea responsable con el ambiente y a su vez productiva y rentable? La respuesta es que si. Existe un camino para hacer las cosas de modo correcto. Parte de la aplicación de estándares internacionales y buenas prácticas para una actividad minera comprometida con el desarrollo de las comunidades y el medio natural.

Estas buenas prácticas son definidas por la CEPAL como aquellas ¨que consideran modelos de mejoramiento de la gestión, manejo y desempeño ambiental y social de los sectores productivos, a partir de la experiencia y de casos exitosos replicables, teniendo en cuenta la naturaleza y condiciones específicas de cada actividad y su entorno.¨Están basadas en una serie de instrumentos y normas. Algunas de ellas son las siguientes:

  • Los principios Nos. 7, 8 y 9 del Pacto Global (Global Compact) de la ONU

  • Los estándares de la GRI (Global Reporting Initiative)

  • Los principios del ICMM (Consejo Internacional de Minería y Metales)

  • Estándares del Banco Mundial

  • Guías IFC y principios del Ecuador

  • Estándares ambientales ISO14000

  • Norma AA1000

El objetivo final de estas directrices es el de controlar, minimizar y/o compensar los impactos sobre el medio ambiente y las comunidades. De igual manera, conducen a un manejo racional de los recursos naturales y aseguran el cumplimiento de las leyes y normas nacionales.

El beneficio para las empresas que operan las minas es significativo ya que estas buenas prácticas se traducen en eficiencia en costos, reducción de riesgos futuros y pasivos ambientales y sociales, resultando al final en una buena imagen y reputación corporativa.

En síntesis, es posible una minería sostenible. Para las compañías que se dedican a la extracción de minerales es indispensable un correcto asesoramiento en las normas mencionadas, así que se mantenga un equilibrio con los diferentes entes que participan o son afectados en el contexto minero.